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La Matutina Digital
Dios si responde
Por: Leonela Espinoza León - Ecuador
Jeremías 33:3
Clama a mí, y yo te responderé, y te enseñaré cosas grandes y ocultas que tú no conoces.
Hace algunos años, en mi primera experiencia como colportora en la Amazonía ecuatoriana, en el cantón Yantzaza, provincia de Zamora Chinchipe, viví uno de los momentos más impactantes de mi vida espiritual.
Estaba por cerrar la venta de un material misionero cuando ocurrió algo inesperado. El hijo pequeño de la señora que nos atendía, de aproximadamente tres años, despertó en la planta alta de la casa. Sin que nadie pudiera reaccionar, el niño cayó por las escaleras desde una altura considerable. El golpe fue fuerte. Se lastimó la cabecita y por un momento comenzó a reaccionar de manera preocupante. Sentí miedo, angustia y hasta culpa.
En medio de la desesperación, no había más recurso que el cielo. Mientras intentábamos ver si el niño estaba consciente, clamé a Dios con todo mi corazón. Luego, con mi compañera, nos apartamos unos momentos entre las plantas de chayote (fruto amazónico) y mucha vegetación, con lágrimas y fe, le pedimos al Señor que cuando regresáramos, el niño estuviera bien.
Oramos creyendo en la promesa, confiando y dependiendo totalmente de Dios.
Cuando volvimos, el niño estaba bien. Había reaccionado, estaba consciente y fuera de peligro. Ese día comprendí algo que nunca olvidé: Dios sí responde.
Cuando todo parece fuera de control, cuando la culpa, el miedo o la angustia nos invaden, aun allí, Dios escucha el clamor sincero.
Estaba por cerrar la venta de un material misionero cuando ocurrió algo inesperado. El hijo pequeño de la señora que nos atendía, de aproximadamente tres años, despertó en la planta alta de la casa. Sin que nadie pudiera reaccionar, el niño cayó por las escaleras desde una altura considerable. El golpe fue fuerte. Se lastimó la cabecita y por un momento comenzó a reaccionar de manera preocupante. Sentí miedo, angustia y hasta culpa.
En medio de la desesperación, no había más recurso que el cielo. Mientras intentábamos ver si el niño estaba consciente, clamé a Dios con todo mi corazón. Luego, con mi compañera, nos apartamos unos momentos entre las plantas de chayote (fruto amazónico) y mucha vegetación, con lágrimas y fe, le pedimos al Señor que cuando regresáramos, el niño estuviera bien.
Oramos creyendo en la promesa, confiando y dependiendo totalmente de Dios.
Cuando volvimos, el niño estaba bien. Había reaccionado, estaba consciente y fuera de peligro. Ese día comprendí algo que nunca olvidé: Dios sí responde.
Cuando todo parece fuera de control, cuando la culpa, el miedo o la angustia nos invaden, aun allí, Dios escucha el clamor sincero.
Hoy tal vez estés enfrentando una caída -emocional, espiritual o familiar-, pero recuerda: Dios sí responde. Solo clama a Él.
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