365 amigos
La Matutina Digital
Mi Testimonio de Fe y Fidelidad de Dios. Parte 1
Por: Patricia Franco - Ecuador
Salmo 37:25
Joven fui, y he envejecido, y no he visto justo desamparado, ni a su descendencia que mendigue pan
En 1986, mis hermanas y yo tomamos la decisión de seguir a Cristo. Éramos tres jóvenes: una de 14 años, otra de 16 y yo de 22. Habíamos sido criadas por mi abuela en la religión católica, cumpliendo con todas sus prácticas.
Sin embargo, al conocer la verdad bíblica, nuestra vida dio un giro. Mi abuela no aceptó nuestra decisión y, con mucho dolor, tuvimos que dejar la casa paterna y todas sus comodidades.
Yo era la única que trabajaba, así que asumí el rol de padre y madre para mis hermanas. Me encargué de la manutención, del alquiler y de amoblar nuestro nuevo espacio. Aquellos primeros días fueron muy duros: extrañábamos a la familia, la casa y el calor de hogar. Además, sobre mí recaía el peso de ser la proveedora y cuidadora; no quería que nada les faltara.
A pesar de las dificultades, las actividades de la iglesia y los grupos de oración nos fortalecían. Comencé a desarrollar, a través del culto personal diario, una relación profunda con Dios.
Aprendí a devolver el diezmo, a guardar fielmente el sábado y, por esto, estuve incluso a punto de perder mi empleo. En los momentos más oscuros, una promesa resonaba en mi corazón:
"No he visto justo desamparado, ni su descendencia que mendigue pan"
Sin embargo, al conocer la verdad bíblica, nuestra vida dio un giro. Mi abuela no aceptó nuestra decisión y, con mucho dolor, tuvimos que dejar la casa paterna y todas sus comodidades.
Yo era la única que trabajaba, así que asumí el rol de padre y madre para mis hermanas. Me encargué de la manutención, del alquiler y de amoblar nuestro nuevo espacio. Aquellos primeros días fueron muy duros: extrañábamos a la familia, la casa y el calor de hogar. Además, sobre mí recaía el peso de ser la proveedora y cuidadora; no quería que nada les faltara.
A pesar de las dificultades, las actividades de la iglesia y los grupos de oración nos fortalecían. Comencé a desarrollar, a través del culto personal diario, una relación profunda con Dios.
Aprendí a devolver el diezmo, a guardar fielmente el sábado y, por esto, estuve incluso a punto de perder mi empleo. En los momentos más oscuros, una promesa resonaba en mi corazón:
"No he visto justo desamparado, ni su descendencia que mendigue pan"
Mi vida es prueba de que cuando todo falta, Dios siempre llega a tiempo.
Comentarios (0)
Nuestra Comunidad Global
Usuarios conectados a la Matutina Digital