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La Matutina Digital

Un grito desesperado a mis 16

Por: Rosa Elena Aguirre Delgado - Ecuador

Romanos 8:1

Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu.

A mis 16 años, cuando los sueños florecían y la ilusión llenaba mi corazón, solo pensaba en vivir y cumplir con lo que creía era el rol de la vida. Me repetía: "Cuando sea mayor seré libre y haré lo que quiera", porque me sentía prisionera en un hogar desigual, con padres separados.

Leía la Biblia como mi padre me enseñó de niña y me aferraba a ella como a una fiel compañera. No sabía interpretarla, pero me daba paz.

Un día caí en una profunda depresión. Mi madre, con palabras duras, me reprendió por algo que no había hecho. El dolor y el resentimiento me invadieron y pensé: "En este mundo nadie me quiere".

En medio de esa oscuridad, ideas suicidas llenaron mi mente y tomé la decisión de terminar con mi vida, creyendo que a nadie le importaría.

Tomé un frasco de medicinas sin pensar. En ese instante, mi hermano menor apareció y me preguntó qué me pasaba. Entre lágrimas le dije: "No me quiero morir". Él corrió a llamar a mi madre. Mientras el dolor me consumía, grité con desesperación: "¡Dios mío, no me quiero morir, perdóname!". Fue un clamor desde lo más profundo de mi ser.

Y Dios actuó. Me sostuvo con su amor y me concedió una segunda oportunidad para vivir, amar y servir. En aquel tiempo no entendía su propósito, pero desde ese día sé que Él vive en mí y transformó mi vida.
Cristo nos llama a una unión viva con Él, que libera del pecado y la culpa. En su gracia encontramos perdón, dirección y vida nueva bajo la guía del Espíritu Santo.
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