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La Matutina Digital
Mis heridas en sus manos
Por: Ana María Guanolema - Ecuador
Isaías 41:10
No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia.
Hay momentos en nuestra vida marcados por heridas que muchas veces no somos capaces de contar a otros, ya sea por miedo, por vergüenza o por algún sentimiento que nos impide exteriorizarlas. Pero esa herida, a menudo, puede salir a flote en cualquier momento.
Tenía 16 años cuando en mi colegio llevaron a cabo un conversatorio con la psicóloga estudiantil. Las preguntas que se hicieron tocaban esa herida de una forma tan directa que, de repente, mi corazón empezó a latir con más fuerza, comencé a temblar y un nudo en mi garganta me paralizó. Oré a Dios, pidiéndole que calmara ese sentimiento; no pude más, mis labios ya estaban contando todo lo que mi corazón guardaba.
Sentía mucho miedo, pero a pesar de todo, mi corazón experimentaba una extraña paz. Ese fue el inicio de un sinnúmero de explicaciones que debería enfrentar con mi familia. No quería llegar a casa porque tenía miedo y pensé que había cometido un error al hablar de heridas que nadie conocía.
Sentí cómo, en ese momento, lo que parecía un momento feliz se convirtió en el más triste, porque me sentía tan sola que no hacía más que llorar y le preguntaba a Dios por qué me sentía así, por qué me había dejado sola. Y fue en ese instante que reconocí al Dios de mi niñez, al Dios que sostuvo mi mano y que, durante 16 años, me había estado preparando para ese día. Entre lágrimas, sentí un abrazo y un susurro; era Dios mismo abriendo sus brazos para consolar a su hija.
Tenía 16 años cuando en mi colegio llevaron a cabo un conversatorio con la psicóloga estudiantil. Las preguntas que se hicieron tocaban esa herida de una forma tan directa que, de repente, mi corazón empezó a latir con más fuerza, comencé a temblar y un nudo en mi garganta me paralizó. Oré a Dios, pidiéndole que calmara ese sentimiento; no pude más, mis labios ya estaban contando todo lo que mi corazón guardaba.
Sentía mucho miedo, pero a pesar de todo, mi corazón experimentaba una extraña paz. Ese fue el inicio de un sinnúmero de explicaciones que debería enfrentar con mi familia. No quería llegar a casa porque tenía miedo y pensé que había cometido un error al hablar de heridas que nadie conocía.
Sentí cómo, en ese momento, lo que parecía un momento feliz se convirtió en el más triste, porque me sentía tan sola que no hacía más que llorar y le preguntaba a Dios por qué me sentía así, por qué me había dejado sola. Y fue en ese instante que reconocí al Dios de mi niñez, al Dios que sostuvo mi mano y que, durante 16 años, me había estado preparando para ese día. Entre lágrimas, sentí un abrazo y un susurro; era Dios mismo abriendo sus brazos para consolar a su hija.
Cada vez que regreso al pasado ya no hay dolor, mis heridas en sus manos fueron transformadas, si hoy en tu corazón hay una herida que aún sangra, confía que en manos de Dios todo sana.
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