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La Matutina Digital
Dios quiere tu corazón. Parte 2
Por: Jorge Sánchez - Ecuador
Proverbios 23:26
Dame, hijo mío, tu corazón, Y miren tus ojos por mis caminos.
¡Esperen! les dije, señalando con mi índice izquierdo: Allá hay una, ¡vamos!
Entramos, avanzamos hacia el centro del salón en donde estaba la mesa vacía. Yo me coloco de frente a la puerta. Ya alrededor de la mesa y habiendo hecho el pedido de cervezas, de pronto fijo la mirada en un anciano, un limosnero. Canoso, con no mucho cabello, de mirada apacible. Avanzaba quietamente, sin detenerse mirando aquí y allá. Traía su mano izquierda bajo su axila derecha, y su mano derecha medio extendida como para que alguno que se condoliese le pusiera una moneda, pero no se acercaba a nadie como para que lo hiciera.
Estando el anciano más cerca de mi vista, volví a la plática, olvidándome de él. De pronto, lo veo a mi derecha diciéndome:
¡Dame tu corazón!
¡Qué! ¿Mi corazón? ¿Estás loco? Así fue mi reacción, diciendo a mis amigos lo que este anciano me pedía. Volvió a repetir las mismas palabras dos veces. Traté de decir a mis compañeros la ridiculez del hombre, pero ninguno me prestó atención. Por segundos yo también traté de ignorarlo. Volviendo mi pensamiento a él, ya no estaba. Miré alrededor del salón, y no lo divisé. Me extrañó que desapareciera tan repentinamente. Pronto olvidé lo sucedido, y el fin de semana bohemio, continuó.
Pocos días después, tomé mi Biblia para leer algo. Un versículo por aquí, otro por allá, y de pronto, mis ojos caen en Proverbios 23:26, "Dame hijo mío tu corazón".
Entramos, avanzamos hacia el centro del salón en donde estaba la mesa vacía. Yo me coloco de frente a la puerta. Ya alrededor de la mesa y habiendo hecho el pedido de cervezas, de pronto fijo la mirada en un anciano, un limosnero. Canoso, con no mucho cabello, de mirada apacible. Avanzaba quietamente, sin detenerse mirando aquí y allá. Traía su mano izquierda bajo su axila derecha, y su mano derecha medio extendida como para que alguno que se condoliese le pusiera una moneda, pero no se acercaba a nadie como para que lo hiciera.
Estando el anciano más cerca de mi vista, volví a la plática, olvidándome de él. De pronto, lo veo a mi derecha diciéndome:
¡Dame tu corazón!
¡Qué! ¿Mi corazón? ¿Estás loco? Así fue mi reacción, diciendo a mis amigos lo que este anciano me pedía. Volvió a repetir las mismas palabras dos veces. Traté de decir a mis compañeros la ridiculez del hombre, pero ninguno me prestó atención. Por segundos yo también traté de ignorarlo. Volviendo mi pensamiento a él, ya no estaba. Miré alrededor del salón, y no lo divisé. Me extrañó que desapareciera tan repentinamente. Pronto olvidé lo sucedido, y el fin de semana bohemio, continuó.
Pocos días después, tomé mi Biblia para leer algo. Un versículo por aquí, otro por allá, y de pronto, mis ojos caen en Proverbios 23:26, "Dame hijo mío tu corazón".
Me quedé anonadado, y me dije: Dios me está llamando. Y nunca más volví a esa vida. Luego de 45 años, el rostro de dicho anciano, un ángel del Señor, lo tengo a la vista.
Comentarios (1)
Q el Señor bendiga y cuide cada paso q damos proteja la entrada y la salida de nuestro hogares bendiga las mesas de todo el mundo entero q no les falte el bocado diario en el nombre de su hijos Jesús Amen
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