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La Matutina Digital
Dios quiere tu corazón. Parte 1
Por: Jorge Sánchez - Ecuador
Proverbios 23:26
Dame, hijo mío, tu corazón, Y miren tus ojos por mis caminos
Cierta tarde, en la que no tenía mucho que hacer, empecé a caminar por las calles de mi ciudad, Guayaquil. De pronto, mis pensamientos se centraron en mí mismo, en mis caminos, en mi destino. Súbitamente, empecé a sentir un vacío dentro de mí. De ese vacío empezaron a emerger preguntas que luego flotaban a mi alrededor:
¿Qué hago? ¿Quién soy? ¿Hacia dónde voy? Además, me di cuenta de que estaba envejeciendo, y no era nada ni nadie, aunque no me faltaba nada: tenía dinero, amigos, familia y todo lo demás. Luego de aquella tarde de crisis existencialista, llegó otra noche. La vida continuó en derroches y placeres prohibidos. Buscaba llenar el vacío, pero este se ahondaba.
Días después, en una de esas raras paradas que hacemos en la vida, pensé en Dios. No pensando si me amaba, si me odiaba, si existía, si me buscaba, o si tenía alguna religión; ¡no!, nada de eso. Simplemente Dios vino a mi pensamiento. Ese Dios del que leía en la Biblia desde mi niñez hasta ese entonces, a mis 25 años. Me atraía la lectura, aunque no comprendía dichas historias.
Llegó un fin de semana, de esos en los que hay que vaciarse del trajín por el pan de cada día. Viernes en la noche, parados en la esquina de siempre: Hugo, Enrique, David, José, quien habla, y otros dos más que no recuerdo. Luego de alguna plática juvenil, empezamos a buscar un rumbo para pasar la noche. Nos dirigimos a un conocido salón de bebidas.
¿Qué hago? ¿Quién soy? ¿Hacia dónde voy? Además, me di cuenta de que estaba envejeciendo, y no era nada ni nadie, aunque no me faltaba nada: tenía dinero, amigos, familia y todo lo demás. Luego de aquella tarde de crisis existencialista, llegó otra noche. La vida continuó en derroches y placeres prohibidos. Buscaba llenar el vacío, pero este se ahondaba.
Días después, en una de esas raras paradas que hacemos en la vida, pensé en Dios. No pensando si me amaba, si me odiaba, si existía, si me buscaba, o si tenía alguna religión; ¡no!, nada de eso. Simplemente Dios vino a mi pensamiento. Ese Dios del que leía en la Biblia desde mi niñez hasta ese entonces, a mis 25 años. Me atraía la lectura, aunque no comprendía dichas historias.
Llegó un fin de semana, de esos en los que hay que vaciarse del trajín por el pan de cada día. Viernes en la noche, parados en la esquina de siempre: Hugo, Enrique, David, José, quien habla, y otros dos más que no recuerdo. Luego de alguna plática juvenil, empezamos a buscar un rumbo para pasar la noche. Nos dirigimos a un conocido salón de bebidas.
Yo, como liderando el grupo, entro primero, y entre la espesa nube de humo de tabaco trato de divisar alguna mesa vacía. No hay mesa!, dijo el que estaba tras de mí, casi dando la vuelta. CONTINUARÁ
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