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La Matutina Digital
Cara de Palo (parte 1)
Por: Anggie Martínez - Ecuador
Proverbios 27:19
El agua refleja el rostro; el corazón refleja la persona.
Hoy es mi cumpleaños. Mi mamá me dijo que nací un sábado a las 18:30. Desde ese momento, ella se convertiría en la persona de quien debía aprender sobre la vida, quien me enseñaría a sonreír, a tomar buenas decisiones y todo lo que implica ser mamá. La pregunta trillada que me hacían o me hacen de vez en cuando, ahora que soy adulta, es la que muchos reciben también: «¿Cómo fue tu infancia?». Y, pues, créeme que es una pregunta que me pone mucho a pensar y poco en buscar palabras para explicar.
Desde muy niña no me tocó fácil; crear o generar heridas en casa y, al salir a la escuela, recibir acoso por mi altura, no era fácil. Todas las penumbras, toda la oscuridad que desde pequeña me acompañó, generó en mí un recelo a confiar o, peor aún, jamás pensaba en abrir mi corazón y contar cómo me sentía.
Mi rostro reflejaba siempre seriedad; desde niña no era la que sonreía por todo, no era la risueña de la cuadra; no, para nada me consideraba o me trataban así. Incluso, suelo recordar que cuando mamá buscaba características de mí, solo solía escuchar: «Ella es una amargada».
Imagínate que una niña, desde su corta edad, escuche eso. Las palabras tienen poder y, pues, llevé con orgullo ese calificativo en mí. Me lo creí, asumí el papel de la amargada, y mi rostro siempre con seriedad, con dolor en el alma. Nadie podía detener a este ser que no podía sanar, a este corazón que sangraba a menudo, para preguntarle si necesitaba ayuda.
Desde muy niña no me tocó fácil; crear o generar heridas en casa y, al salir a la escuela, recibir acoso por mi altura, no era fácil. Todas las penumbras, toda la oscuridad que desde pequeña me acompañó, generó en mí un recelo a confiar o, peor aún, jamás pensaba en abrir mi corazón y contar cómo me sentía.
Mi rostro reflejaba siempre seriedad; desde niña no era la que sonreía por todo, no era la risueña de la cuadra; no, para nada me consideraba o me trataban así. Incluso, suelo recordar que cuando mamá buscaba características de mí, solo solía escuchar: «Ella es una amargada».
Imagínate que una niña, desde su corta edad, escuche eso. Las palabras tienen poder y, pues, llevé con orgullo ese calificativo en mí. Me lo creí, asumí el papel de la amargada, y mi rostro siempre con seriedad, con dolor en el alma. Nadie podía detener a este ser que no podía sanar, a este corazón que sangraba a menudo, para preguntarle si necesitaba ayuda.
Así pasé muchos años, y lo que uno guarda en su corazón, heridas, malos tratos, hace que tú rostro lo refleje sin previo aviso. Pero yo no entendía algo y a medida que los años pasaban, requería algo.
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