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La Matutina Digital
Del apuro solo queda cansancio
Por: Jazmín Rodríguez - Ecuador
Salmo 37:7
Guarda silencio ante Jehová, espera en él. No te alteres con motivo del que prospera en su camino, Por el hombre que hace maldades.
Cuando creemos tener la razón, el silencio se vuelve incómodo, casi imposible. Más aún cuando se trata de nuestra propia vida: "si es mía, yo decido", pensamos. Actuamos convencidos de que nadie puede comprender mejor que nosotros lo que necesitamos, y avanzamos sin detenernos. Pero Dios, con paciencia amorosa, nos invita a hacer una pausa, a meditar en su palabra, a escuchar antes de actuar.
Hacer silencio es una de las disciplinas más difíciles para el corazón humano. Preferimos el movimiento constante, las decisiones rápidas, la ilusión de control. Confundimos avanzar con crecer, y muchas veces caminamos sin dirección, tropezando una y otra vez hasta que el cansancio nos vence y, solo entonces, clamamos: "Señor, ayúdame".
La vida es única y el tiempo no regresa. Cada decisión deja huella. Cuando la Escritura habla de la maldad del hombre, no siempre se refiere al daño hacia otros; muchas veces nos herimos a nosotros mismos. Elegimos caminos que nos alejan de la paz, cavando túneles profundos hechos de impulsos, orgullo y prisa, de los que luego no sabemos cómo salir.
Sin embargo, Dios no se cansa de llamarnos. Nuestra vida está llena de propósitos que Él ha sembrado con amor. No lo dejemos esperando a la puerta de nuestras decisiones.
Cada mañana es una invitación nueva: abrir su palabra, aquietar el corazón y enfocar el espíritu. Allí, en el silencio que escucha y en la obediencia que confía, encontremos dirección.
Hacer silencio es una de las disciplinas más difíciles para el corazón humano. Preferimos el movimiento constante, las decisiones rápidas, la ilusión de control. Confundimos avanzar con crecer, y muchas veces caminamos sin dirección, tropezando una y otra vez hasta que el cansancio nos vence y, solo entonces, clamamos: "Señor, ayúdame".
La vida es única y el tiempo no regresa. Cada decisión deja huella. Cuando la Escritura habla de la maldad del hombre, no siempre se refiere al daño hacia otros; muchas veces nos herimos a nosotros mismos. Elegimos caminos que nos alejan de la paz, cavando túneles profundos hechos de impulsos, orgullo y prisa, de los que luego no sabemos cómo salir.
Sin embargo, Dios no se cansa de llamarnos. Nuestra vida está llena de propósitos que Él ha sembrado con amor. No lo dejemos esperando a la puerta de nuestras decisiones.
Cada mañana es una invitación nueva: abrir su palabra, aquietar el corazón y enfocar el espíritu. Allí, en el silencio que escucha y en la obediencia que confía, encontremos dirección.
Déjalo que hoy sea Él, quién te dirija. Cierra tus ojos y escúchalo!
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