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La Matutina Digital
Dios en los pequeños grandes comienzos
Por: Lilibeth Veliz - USA
Filipenses 4:19
Mi Dios, pues, suplirá todo lo que os falta conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús
Empezar de nuevo es un reto que decidí vivir con Dios. A las 4 am., hacía fila para la licencia en un sitio muy estricto y difícil, donde el proceso no era fácil. Muchos van con la esperanza de aprobar, aunque sea al segundo intento. Mis compañeras y sus esposos "pese a su experiencia" habían reprobado ambos exámenes. Aquel día, puse mi confianza en Dios y pedí permiso en el trabajo solo hasta el mediodía.
El tiempo pasaba y seguía en ayunas. Los nervios crecían al ver que mi permiso se agotaba sin ser atendido. A las 11:00, finalmente me llamaron. Sentía la presión, pero sabía que el control era del Señor. Varios habían fallado antes. Apareció mi instructora: una mujer imponente y severa. Al iniciar, mi oración era constante: "Señor, ayúdame; no quiero repetir este proceso, pasar hambre o conducir sin licencia". Era un ruego desde mi necesidad.
Una parte de mí tenía fe; la otra decía: "Sé realista". Durante el trayecto, seguí cada instrucción. Ante una duda, la instructora fue tajante: "Ya te di la orden". En ese silencio, una voz interna me guio a hacer lo correcto. Terminé con la incertidumbre humana de haber fallado. ¡Pero allí ocurrió el milagro: aprobé! Dios me dio el tiempo exacto para volver al trabajo y comer algo. Su provisión fue perfecta.
Mis compañeras se sorprendieron; no entendían cómo lo logré al primer intento. Esta victoria no fue por mi capacidad, sino por la gracia de Dios manifestada en cada detalle.
El tiempo pasaba y seguía en ayunas. Los nervios crecían al ver que mi permiso se agotaba sin ser atendido. A las 11:00, finalmente me llamaron. Sentía la presión, pero sabía que el control era del Señor. Varios habían fallado antes. Apareció mi instructora: una mujer imponente y severa. Al iniciar, mi oración era constante: "Señor, ayúdame; no quiero repetir este proceso, pasar hambre o conducir sin licencia". Era un ruego desde mi necesidad.
Una parte de mí tenía fe; la otra decía: "Sé realista". Durante el trayecto, seguí cada instrucción. Ante una duda, la instructora fue tajante: "Ya te di la orden". En ese silencio, una voz interna me guio a hacer lo correcto. Terminé con la incertidumbre humana de haber fallado. ¡Pero allí ocurrió el milagro: aprobé! Dios me dio el tiempo exacto para volver al trabajo y comer algo. Su provisión fue perfecta.
Mis compañeras se sorprendieron; no entendían cómo lo logré al primer intento. Esta victoria no fue por mi capacidad, sino por la gracia de Dios manifestada en cada detalle.
Mi corazón quedó agradecido con Dios porque se cumplió su promesa: "Mi Dios suplirá todo lo que os falte". Esa es la promesa que Dios tiene para ti hoy: Él va a suplir todo lo que falte en tu vida.
Comentarios (1)
Que excelente aporte, gracias por la historia!
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